La Merienda Campestre: Sobre las Artes Modernas por Eloy Garza

La Merienda Campestre: Sobre las Artes Modernas por Eloy Garza

Titulo del libro: La Merienda Campestre: Sobre las Artes Modernas

Autor: Eloy Garza

Fecha de lanzamiento: September 22, 2015

Editor: Dickens Group

Obtenga el libro de La Merienda Campestre: Sobre las Artes Modernas de Eloy Garza en formato PDF o EPUB. Puedes leer cualquier libro en línea o guardarlo en tus dispositivos. Cualquier libro está disponible para descargar sin necesidad de gastar dinero.

Eloy Garza con La Merienda Campestre: Sobre las Artes Modernas

Quien contemple en el Museo d ́Orsay La Merienda campestre (1863) de Edouardo Manet, se topará con una escena bucólica altamente inquietante: ¿Es la musa desnuda? ¿La sonrisa lasciva de los personajes? ¿El desdén de los burgueses libertinos hacia los espectadores curiosos?
El pintor se había sumado tarde a la corriente impresionista, pero fue uno de los principales revolucionarios en la historia del arte visual moderno. De entrada, se entiende el aturdimiento de la clase burguesa parisina, cuando se toparon con una mujer desnuda departiendo sobre la hierba, con dos artistas de gorra y levita. Ocurrió durante la exposición de la obra en el Salón de los Rechazados, creado por Napoleón III, para guardar las más de tres mil obras que no fueron aceptadas para ser expuestas en el Salón Oficial.
La merienda campestre, con su iluminación difuminada, y la piel desnuda de la dama chocando con la levita de los hombres, es una obra extravagante para los espíritus tradicionales y atractiva para los snobs y los amantes de lo nuevo. No abordemos esta obra a partir del impacto expresivo que causó en los días de su exhibición inaugural entre los espectadores boquiabiertos, sino desde un plano ético más al alcance de nuestras preocupaciones modernas. ¿Sirvió de algo para sacudir las conciencias de la época esta exhibición “impúdica” de la desnudez femenina en un fondo no mitológico sino meramente ordinario?
Sus contemporáneos quisieron endilgarle el epíteto de escandalosa, nosotros pudiéramos considerarla provocadora o mejor, detonadora de refrescantes alcances éticos (todavía no precisados, y en todo caso apenas silueteados en aquella etapa histórica). La Merienda campestre fue, durante la segunda mitad del siglo XIX, la palanca de Arquímedes de una oportuna liberación ética, que propició, a la larga, una renovación de los esquemas entonces ya anquilosados de la convivencia social.
“El arte y el juego tienen en común la libertad y el desinterés”. La frase de Kant se presta a múltiples interpretaciones filosóficas, pero lo innegable es su fuerte carga ética, dada la explícita mención de conceptos tan caros a la “eticidad” como lo son la libertad y el desinterés. ¿He aludido
La Merienda Campestre
5
6
con esto a una ética emanada de los terrenos del arte? ¿No contradice esta afirmación los fines estéticos y la compulsión del artista al instante de tomar el pincel o de exponer una obra a los ojos del público, despojándola a ella y a él mismo de normas de conducta y de principios morales?
El buen arte siempre ha gozado de una fama turbia, dionisiaca, dispuesta a la sana provocación del gusto imperante y del juicio estandarizado; con esto me refiero especialmente al arte que dominó las salas de exposición pero también los espacios de la marginalidad social a lo largo del siglo XX, sobre todo, en el espacio de la cultura occidental. El impresionismo, el cubismo, el fauvismo, han sido considerados, no durante su irrupción escénica sino años o incluso décadas mas tarde, propulsores de la apreciación sensorial y, por ende, anatemas del buen gusto imperante: desmentían lo bello de una norma moral, para entronizar el placer único y absoluto que de inmediato registrarán y procesarán nuestros sentidos. Ahora lo repetimos casi como una mantra hindú: cada cuadro de Manet, de manera deliberada o espontánea, era un golpe de Estado a la moral establecida.
La intención de estos artistas de vanguardia era, según se dice, derrumbar los ídolos de la moral; hacer estallar las pautas de convivencia occidental, contaminar el aire supuestamente puro de lo bello como expresión monopolizadora del gusto estético. Pero de ahí a crear una nueva ética, sería como emprender un salto absurdo; como explorar, con el objeto de arte en ristre, caminos prácticos del buen vivir, a lo que el artista de vanguardia generalmente, y con justa razón, ha sido reacio y extremadamente resistente.